lunes, 12 de enero de 2015

La peor Navidad de todas.

Era el día de Navidad. Don Eugenio Plascencia se había despertado desde hacía rato, mucho antes de que sonara su reloj despertador. Cuando se enderezó para girar la hoja del calendario que tenía junto a su lámpara, notó que algo raro estaba pasando. “Esta Navidad será la peor Navidad de todas…” pensó. La hojita correspondiente al día 25 de diciembre ya no estaba en el calendario, sino que estaba tirada frente a sus zapatos de fiesta, en el suelo, junto al cesto de la basura.
Trató de no prestarle atención a su presentimiento, pero por más que intentaba, no podía sacarlo de la mente. Don Eugenio salió de su apartamento, bajó las escaleras; no quería usar el elevador pues “algo podría pasarle”, y se dirigió a la entrada del edificio.
-Buenos días, don Eugenio.- le saludó el administrador.
-Buen día, Toño.- respondió cortésmente Eugenio Plascencia.
-Lindo día, ¿verdad?
-Por ahora sí, pero yo no andaría tan seguro, porque hoy algo muy malo va a pasar- y dicho esto, Eugenio continuó con su camino a la iglesia.
“Cosas de viejos” pensó Toño Mendoza, un alegre y moreno treintañero, quien se había quedado a cargo del edificio desde hacía tres años, cuando su padre murió.
Eugenio se dirigió a la parada del autobús de la esquina, pero lo pensó dos veces. Finalmente se decidió que él mismo caminaría, pues se imaginó un terrible accidente que ocurriría mientras él iba en ese camión.
Caminó pausadamente, recorriendo las casi veinticinco cuadras que lo separaban del templo de San Onofre. Entró por una de las puertas laterales, y se sentó en la banca más próxima a la salida de emergencia, por si algo pasaba, tuviera el tiempo justo para lograr escapar. No había estado ni diez minutos ahí dentro, cuando recordó que esa noche sus familiares irían a cenar a su casa, y no tenía nada preparado. Se levantó, se santiguó por última vez y salió a toda prisa con rumbo al mercado.
Tenía planeado comprar pechuga de pavo con miel de naranja, de esas que ya venden preparadas. Tomó una caja del estante, pero lo pensó dos veces. Y mejor tomó cinco cajas; si algo pasaba, al menos tendría comida. También compró una lámpara de mano, un par de pilas doble A, y media docena de botellas de agua. Pagó todo en efectivo y no dejó propina, pues cualquier peso sería importante ante la desgracia.
Salió del mercado pensando en que tenía aún muchas cosas que arreglar antes de la cena. Después de casi una hora de camino de regreso a su casa, llegó a su departamento. No saludó al administrador y subió por las escaleras. Entró a su departamento cerrando con llave la puerta y asegurándose de poner todos los seguros y candados, por “simple precaución”.
En la mesa de la cocina puso todo lo que había comprado, lo acomodó en una caja y lo guardó en el clóset detrás de sus abrigos de piel. Cerró el clóset con llave, y la tiró por el drenaje de la cocina para asegurarse de que nadie se fuera a robar sus reservas de comida. Recordó en ese momento a sus familiares, y les habló de uno en uno, con todo el tiempo del mundo. “No vengan esta noche, algo malo va a pasar, y será mejor que estén en sus casas.” Ese fue el mensaje que don Eugenio fue dejando en cada una de las contestadoras de sus parientes.
Después de “alertarlos”, desconectó cada uno de sus aparatos eléctricos, incluidos la televisión, la radio y el teléfono. Y no conforme con eso, también bajo la electricidad de todo su apartamento, cerró las llaves del gas, y cortó el flujo de agua. Si la desgracia caía, al menos evitaría algún corto circuito o alguna fuga. También cerró cada una de las ventanas de cada una de sus habitaciones.
Tomó una cajita de cerillos y un puñado de velas de la alacena, y las fue prendiendo por toda la casa, para, al menos así, tener iluminación cuando cayera la noche. Puso una en el baño, varias en la cocina y en los pasillos, y otras más en su habitación. Se encerró en su cuarto y sacó su rosario. Esperaría la desgracia orando en la tranquilidad y comodidad de su cama.
Afuera, la incertidumbre. Los familiares de don Eugenio habían recibido sus mensajes y la consternación los había invadido. Trataron de comunicarse con él, pero su teléfono estaba muerto. Así que víctimas de la preocupación acudieron a su edificio para ver qué pasaba. También don Toño, el administrador, estaba preocupado. Fue a su departamento para asegurarse que no pasaba nada. Y al acercarse a la puerta percibió un intenso calor que provenía del interior. Trató de ver por la ventana, pero las cortinas impedían una visión clara. Solo se podía observar la imagen ardiente, pero borrosa, de un árbol de navidad en llamas.
Las velas se consumían, y con ellas, el pino, y los muebles, y los abrigos, y las sábanas de la cama, y las cortinas, y don Eugenio…

El sonido de los villancicos por las calles se vio callado estrepitosamente por el sonar de las ambulancias y las sirenas de bomberos. El quinto piso del edificio “Moctezuma” ardía completamente. Y desde la acera de enfrente, la familia Plascencia observaba cómo algunos bomberos trataban de apagar el fuego, mientras otros sacaban el cuerpo calcinado de don Eugenio. Con mirada perdida y repleta de lágrimas, Toño Mendoza se decía para sí que ésta era la peor Navidad de todas.

-A G.G.M. por la inspiración.

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