Era el día de Navidad. Don Eugenio
Plascencia se había despertado desde hacía rato, mucho antes de que sonara su
reloj despertador. Cuando se enderezó para girar la hoja del calendario que
tenía junto a su lámpara, notó que algo raro estaba pasando. “Esta Navidad será
la peor Navidad de todas…” pensó. La hojita correspondiente al día 25 de
diciembre ya no estaba en el calendario, sino que estaba tirada frente a sus
zapatos de fiesta, en el suelo, junto al cesto de la basura.
Trató de no prestarle atención a su
presentimiento, pero por más que intentaba, no podía sacarlo de la mente. Don
Eugenio salió de su apartamento, bajó las escaleras; no quería usar el elevador
pues “algo podría pasarle”, y se dirigió a la entrada del edificio.
-Buenos días, don Eugenio.- le
saludó el administrador.
-Buen día, Toño.- respondió
cortésmente Eugenio Plascencia.
-Lindo día, ¿verdad?
-Por ahora sí, pero yo no andaría
tan seguro, porque hoy algo muy malo va a pasar- y dicho esto, Eugenio continuó
con su camino a la iglesia.
“Cosas de viejos” pensó Toño
Mendoza, un alegre y moreno treintañero, quien se había quedado a cargo del
edificio desde hacía tres años, cuando su padre murió.
Eugenio se dirigió a la parada del
autobús de la esquina, pero lo pensó dos veces. Finalmente se decidió que él
mismo caminaría, pues se imaginó un terrible accidente que ocurriría mientras
él iba en ese camión.
Caminó pausadamente, recorriendo
las casi veinticinco cuadras que lo separaban del templo de San Onofre. Entró
por una de las puertas laterales, y se sentó en la banca más próxima a la
salida de emergencia, por si algo pasaba, tuviera el tiempo justo para lograr
escapar. No había estado ni diez minutos ahí dentro, cuando recordó que esa
noche sus familiares irían a cenar a su casa, y no tenía nada preparado. Se
levantó, se santiguó por última vez y salió a toda prisa con rumbo al mercado.
Tenía planeado comprar pechuga de
pavo con miel de naranja, de esas que ya venden preparadas. Tomó una caja del
estante, pero lo pensó dos veces. Y mejor tomó cinco cajas; si algo pasaba, al
menos tendría comida. También compró una lámpara de mano, un par de pilas doble
A, y media docena de botellas de agua. Pagó todo en efectivo y no dejó propina,
pues cualquier peso sería importante ante la desgracia.
Salió del mercado pensando en que
tenía aún muchas cosas que arreglar antes de la cena. Después de casi una hora
de camino de regreso a su casa, llegó a su departamento. No saludó al
administrador y subió por las escaleras. Entró a su departamento cerrando con
llave la puerta y asegurándose de poner todos los seguros y candados, por
“simple precaución”.
En la mesa de la cocina puso todo
lo que había comprado, lo acomodó en una caja y lo guardó en el clóset detrás
de sus abrigos de piel. Cerró el clóset con llave, y la tiró por el drenaje de
la cocina para asegurarse de que nadie se fuera a robar sus reservas de comida.
Recordó en ese momento a sus familiares, y les habló de uno en uno, con todo el
tiempo del mundo. “No vengan esta noche, algo malo va a pasar, y será mejor que
estén en sus casas.” Ese fue el mensaje que don Eugenio fue dejando en cada una
de las contestadoras de sus parientes.
Después de “alertarlos”, desconectó
cada uno de sus aparatos eléctricos, incluidos la televisión, la radio y el
teléfono. Y no conforme con eso, también bajo la electricidad de todo su
apartamento, cerró las llaves del gas, y cortó el flujo de agua. Si la
desgracia caía, al menos evitaría algún corto circuito o alguna fuga. También
cerró cada una de las ventanas de cada una de sus habitaciones.
Tomó una cajita de cerillos y un
puñado de velas de la alacena, y las fue prendiendo por toda la casa, para, al
menos así, tener iluminación cuando cayera la noche. Puso una en el baño,
varias en la cocina y en los pasillos, y otras más en su habitación. Se encerró
en su cuarto y sacó su rosario. Esperaría la desgracia orando en la
tranquilidad y comodidad de su cama.
Afuera, la incertidumbre. Los
familiares de don Eugenio habían recibido sus mensajes y la consternación los
había invadido. Trataron de comunicarse con él, pero su teléfono estaba muerto.
Así que víctimas de la preocupación acudieron a su edificio para ver qué
pasaba. También don Toño, el administrador, estaba preocupado. Fue a su
departamento para asegurarse que no pasaba nada. Y al acercarse a la puerta
percibió un intenso calor que provenía del interior. Trató de ver por la
ventana, pero las cortinas impedían una visión clara. Solo se podía observar la
imagen ardiente, pero borrosa, de un árbol de navidad en llamas.
Las velas se consumían, y con
ellas, el pino, y los muebles, y los abrigos, y las sábanas de la cama, y las
cortinas, y don Eugenio…
El sonido de los villancicos por
las calles se vio callado estrepitosamente por el sonar de las ambulancias y
las sirenas de bomberos. El quinto piso del edificio “Moctezuma” ardía
completamente. Y desde la acera de enfrente, la familia Plascencia observaba
cómo algunos bomberos trataban de apagar el fuego, mientras otros sacaban el
cuerpo calcinado de don Eugenio. Con mirada perdida y repleta de lágrimas, Toño
Mendoza se decía para sí que ésta era la peor Navidad de todas.
-A G.G.M. por la inspiración.